Dice el refrán que por san Blas, la cigüeña verás. Pues hoy, no sólo no he visto a ninguna cigüeña (himantopus himantopus), pues por no ver, no he visto ni el sol. Ha hecho un día gris, triste, desapacible... Un día frío, típico de febrero. Al menos ha llovido algo, pues la verdad es que, falta hacía.
Por lo demás, es un domingo carnavalero de fiesta, de descanso, de poder leer, pensar, reflexionar y hacer lo que el resto de la semana me resulta imposible. Pero para mí, ha sido un día casi de penitencia.
Hoy es de esos días, en que la melancolía me invade, me siento derrotado, fracasado, perdido en un mundo demasiado injusto. Tal vez en estos días sea mejor no escribir nada, que dejarme llevar por la desesperación.
No sé, pero me siento perdido, me siento como un caminante que no encuentra su senda. Como un peregrino sin ruta jacobea, como un marinero sin barco. Como un simple peatón, en plena ciudad, en medio del ruido atronador de un atasco.
Me siento pequeño, me siento vacío, como un campo yermo, sin cultivos. Estoy inmerso en un laberinto de contradicciones. Soy un luchador que, por un momento, quiere tirar la toalla, vencido por el cansancio, por los desengaños de la vida.
Quizá lo fácil es bajar los brazos, dejarse vencer, claudicar. Pero los que me conocen saben que yo no soy así. Voy a continuar luchando por lo que me merezco. No voy a hincar la rodilla. Tan sólo necesito un pequeño alto en el camino para reponerme de los avatares del destino. Una tregua en medio de tanta batalla.
Pienso que la vida no ha sido justa conmigo, todo me cuesta el triple que a los demás, pero es lo que me ha tocado: luchar, sufrir, pasarlo mal, tragarme muchas lágrimas...
Pero no hay nada en el mundo más grande que el amor, el cariño y el afecto sincero que un padre brinda a un hijo. Por eso seguiré luchando y pensaré que, en el futuro, tal vez haya justicia. Tal vez haya razones de peso para permitir a un padre el derecho legítimo e irrenunciable de ver a su hijo y a participar en su desarrollo y en su educación. Y que me levante un día y me dé cuenta que la custodia compartida no es un sueño, sino una realidad.
Soy una persona fuerte y no pueden conmigo. Nunca podrán. Eso lo tengo clarísimo. Hay varias personas que me aprecian y me dan ánimos frecuentemente. Lucharé por mi destino, por mi vida y por esa parte de mí que está tan lejos (pero cerca de mi pensamiento y de mi corazón).
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