Se me ha ocurrido poner una foto, que hace unos años tomé, del Monasterio oscense de San Juan de la Peña. Y es que, hoy me he venido a la cabeza mi etapa en el Seminario Menor claretiano de Segovia, entre 1985 y 1988. Pronto descubrí que ser cura no era mi vocación, pero creo que en esos años, que coincidieron con mi pubertad y adolescencia, crecí y maduré como persona. Creo que allí aprendí muchas cosas y conviví, de forma intensa, con unos compañeros durante tres años. Recuerdo todos los nombres de los seminaristas de mi curso: Orencio, Germán, Miguel Ángel, Luis Miguel, David, Ramón, Alfredo y Luis. Tan solo éste último fue ordenado sacerdote y siguió la vida religiosa. No he vuelto a saber nada de sus vidas, pues eran de sitios tan dispares como Ciudad Real, La Coruña, Colmenar Viejo, Medina de Rioseco, etc. Ojalá que todos hayan tenido mucha suerte en su vida personal y profesional.
Con el paso del tiempo, creo que esos años, en tierras del acueducto, marcaron mucho mi manera de pensar. Sigo siendo tremendamente respetuoso con lo religioso. Hoy me considero creyente, al margen de que por mi situación puede que esté excomulgado, o no sea bien visto por la Iglesia, pero el sentimiento cristiano aún permanece. En aquellos momentos, tenía ilusión por hacer algo en la vida. Esas inquietudes todavía no han muerto en mí, pero ya no van por los mismos derroteros que entonces. La vida me ha dado varios golpes y he aprendido. No niego que a veces me sienta como el desertor del batallón de los nacidos para perder (como decía la canción de Sabina), pero tengo que dar gracias a Dios por muchas cosas buenas que me ha concedido la vida. Me quedo con la canción Gracias a la vida de Violeta Parra (1917 - 1967) y con la 9ª Sinfonía de Beethoven (1770 - 1827).
Sigo creyendo en el Señor, pero ahora de forma diferente. Lo veo en las personas luchadoras que plantan cara a la vida. Lo reconozco en las personas que denuncian las injusticias. Lo identifico más con la clase trabajadora que con los ejecutivos, empresarios o banqueros. Por supuesto, Jesús de Nazaret estaba de parte de los excluídos, los pobres, las prostitutas, los drogadictos, los emigrantes sin papeles, etc. Creo que fue un maestro, que enseñó muchas cosas por medio de parábolas y sus doctrinas siguen siendo válidas hoy en día.
Me ha llegado a interesar informarme sobre la Teología de la Liberación, leyendo la biografía de personas relevantes como Oscar A. Romero (1917 - 1980), Ignacio Ellacuría (1930 - 1989) o el claretiano Pere Casaldáliga (1928- ). De este autor he leído Descalzo sobre la tierra roja, que tiene carácter autobiográfico y habla de su experiencia como sacerdote en el Mato Grozzo brasileño. En torno a la Teología de la Liberación surgen pensadores tan relevantes como Leonardo Boff (1938-) o Paulo Freire (1921 - 1997). Pero creo que esta corriente, como todas las que han sido críticas con el poder económico en general y con la jerarquía católica en particular, no han tenido la repercusión histórica que merecen y ha perdido fuerza dentro de la propia Iglesia (más preocupada por canonizar al fundador del Opus Dei o en hacer oposición política), que ha vivido respaldada por las dictaduras de turno y aliada con el capitalismo. Pero sea como fuere, la semilla está echada en Latinoamérica. Creo que esa es la iglesia del futuro, crítica con la sociedad, que ayude a los hombres a ser libres, para cambiar su destino y mejorar sus condiciones de vida.
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