Hoy viendo el telediario, he caído en la cuenta de dos temas de plena actualidad que no voy a pasar por alto.
En primer lugar, quiero comentar algo sobre la situación de las personas que están en la prisión de Guantánamo, en el sexto aniversario de su creación. Se considera uno de los símbolos de la lucha contra el terrorismo, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Me alegro de que este tema haya entrado en los debates de la carrera hacia la Casa Blanca, pues sólo desde los despachos de Washington, se puede dar la orden de cierre. Parece que hay división entre los republicanos, pero en el partido demócrata hay unanimidad en que esta prisión desaparezca.
En primer lugar, quiero comentar algo sobre la situación de las personas que están en la prisión de Guantánamo, en el sexto aniversario de su creación. Se considera uno de los símbolos de la lucha contra el terrorismo, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Me alegro de que este tema haya entrado en los debates de la carrera hacia la Casa Blanca, pues sólo desde los despachos de Washington, se puede dar la orden de cierre. Parece que hay división entre los republicanos, pero en el partido demócrata hay unanimidad en que esta prisión desaparezca.
Hay un clamor mundial que le pide a la superpotencia económica y militar que la clausure. Personalmente considero que es una auténtica tomadura de pelo al derecho internacional, representado en el Tribunal Internacional de La Haya.
En este centro penitenciario, están personas que están acusadas de terrorismo o de ser un peligro para la sociedad. Lo cierto es que estos seres humanos no tienen una acusación formal, no han sido juzgados y proceden de varios países, principalmente del mundo árabe. Se ven lejos de su patria, de su familia y privados de todos los derechos, no sólo de los que reconoce la Declaración Universal de 1948 para cualquier persona, sino también de los derechos que tienen los prisioneros de guerra. Sufren una deprivación sensorial que les incomunica y les produce secuelas de por vida. No me extraña que muchos de ellos estén en huelga de hambre, o intenten suicidarse.
En este centro penitenciario, están personas que están acusadas de terrorismo o de ser un peligro para la sociedad. Lo cierto es que estos seres humanos no tienen una acusación formal, no han sido juzgados y proceden de varios países, principalmente del mundo árabe. Se ven lejos de su patria, de su familia y privados de todos los derechos, no sólo de los que reconoce la Declaración Universal de 1948 para cualquier persona, sino también de los derechos que tienen los prisioneros de guerra. Sufren una deprivación sensorial que les incomunica y les produce secuelas de por vida. No me extraña que muchos de ellos estén en huelga de hambre, o intenten suicidarse.
Ahora que está tan mal vista la tortura, ¿cómo es posible que el país más poderoso del mundo mantenga un lugar en el que los presos son tratados peor que animales? Están encerrados en una celda 23 horas al día e incomunicados con los demás presos, recibiendo descargas eléctricas al menor signo de rebeldía. A penas tienen sesenta minutos diariamente para salir de la celda y pasearse en compañía de un militar que les custodia. Están sin derecho a defensa, ni a recibir un juicio justo. Malviven en condiciones humillantes y carecen de cualquier tipo de posibilidad de comunicación con el exterior.
Al menos deberían darles un trato con cierta humanidad, reconocer su condición de presos de guerra y que disfrutasen de los derechos de la Convención de Ginebra. Creo que la labor que están realizando organizaciones como Amnistía Internacional es positiva para concienciar a las personas que esa cárcel es un auténtico campo de concentración, el Auschwitz del siglo XXI.
Pienso sinceramente que cárceles como la de Guantánamo no rehabilitan a los prisioneros, sino que fomentan más el odio y el integrismo. Las condiciones en las que están esas personas son un pequeño paso para un ejército, pero constituyen una vergüenza para toda la humanidad.
Al menos deberían darles un trato con cierta humanidad, reconocer su condición de presos de guerra y que disfrutasen de los derechos de la Convención de Ginebra. Creo que la labor que están realizando organizaciones como Amnistía Internacional es positiva para concienciar a las personas que esa cárcel es un auténtico campo de concentración, el Auschwitz del siglo XXI.
Pienso sinceramente que cárceles como la de Guantánamo no rehabilitan a los prisioneros, sino que fomentan más el odio y el integrismo. Las condiciones en las que están esas personas son un pequeño paso para un ejército, pero constituyen una vergüenza para toda la humanidad.
El otro tema que quería comentar, es el tema de la Eutanasia. En esto, tengo muchas dudas y me surgen muchos dilemas morales. Por un lado, está el derecho innegable a la vida y por otro, el que se plantea de poder morir dignamente. Sobre todo, en los casos en los que tienen restringido totalmente su autonomía y su calidad de vida es extremadamente mala, viviendo casi como vegetales.
He estado informado de casos como el de Ramón Sampedro (1943-1998), llevado de forma magistral al cine, de la mano de Alejandro Amenábal, en la película Mar adentro.
De forma paralela a esas personas que piden ayuda para morir, también tengo presentes a los que, con una calidad de vida igual de penosa, luchan día a día por seguir viviendo. Y la verdad es que es duro pensarlo, pero yo creo que no tiraría la toalla y trataría de seguir viviendo hasta las últimas consecuencias. Lo que no permitiría es que se me prolongara la vida de forma artificial.
Yo no me ofrezco como voluntario para desconectar a un ser humano de la máquina que le permite seguir viviendo y, me costaría mucho tener que ayudar a morir a alguien. Es un tema muy delicado, la verdad y es duro ponerse en el pellejo de la persona que sufre y que cada día que pasa sólo sirve para prolongar más su agonía. Por eso creo, que es mejor no pensar en que algún día podemos vernos en ese dilema. Lo mejor es disfrutar de la salud que tenemos y de la vida tan hermosa que se nos ha dado.
He estado informado de casos como el de Ramón Sampedro (1943-1998), llevado de forma magistral al cine, de la mano de Alejandro Amenábal, en la película Mar adentro.
De forma paralela a esas personas que piden ayuda para morir, también tengo presentes a los que, con una calidad de vida igual de penosa, luchan día a día por seguir viviendo. Y la verdad es que es duro pensarlo, pero yo creo que no tiraría la toalla y trataría de seguir viviendo hasta las últimas consecuencias. Lo que no permitiría es que se me prolongara la vida de forma artificial.
Yo no me ofrezco como voluntario para desconectar a un ser humano de la máquina que le permite seguir viviendo y, me costaría mucho tener que ayudar a morir a alguien. Es un tema muy delicado, la verdad y es duro ponerse en el pellejo de la persona que sufre y que cada día que pasa sólo sirve para prolongar más su agonía. Por eso creo, que es mejor no pensar en que algún día podemos vernos en ese dilema. Lo mejor es disfrutar de la salud que tenemos y de la vida tan hermosa que se nos ha dado.
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